Sangre en sus miradas

Su mirada frívola y diabólica, sonrisa extraña…

En su mano colgaba algo, se acercó a mí sin decir nada, solo sonreía, me percaté que no era normal y vestía como un payaso.

Unas risas empezaron a oírse, pero sabía que no estaban lejos, parecía salir de su monstruosa sonrisa, en su otra mano tenía un algo puntiagudo, las risas pasaron a ser un silencio tenebroso.

Solo veía su sombra alejarse, pero algo dentro de mí decía que no corriera, el miedo me traiciono, mis pies volaban por esa calle desolada, tratando de esquivar los postes, me sentía en una pesadilla…

Algo atacó mi espalda fue como un dolor débil, pero profundo…

Desperté, y vi que su cara estaba frente a mí, era… deforme.

Su piel estaba como quemada, y parecía reciente, pues sus llagas aún se llenaban de pus, no tenía su nariz completa, solo un orificio le ayudaba a respirar, dientes amarillos, y sus ojos negros convocaban al vació.

Tenía agarrados mis brazos con sus manos, solo me observaba, el pus caía encima de mi cara, sentía impotencia pues tenía fuerza para retenerme, esa fuerza sobrehumana que sientes cuando un demonio te visita…

Me desmayé.

Mis brazos, todo mi cuerpo…

No se movían.

Sus ojos empezaron a desaguar el líquido de sus venas, esa misma sangre que cayó en mi cara, hizo que girara, y me diera cuenta de lo horripilante que había a mí alrededor…

Cuerpos de mujeres jóvenes, algunas dormían en esas jaulas y otras colgaban descuartizadas en el techo húmedo.

El miedo me invadió nuevamente, intenté gritar, pero él me tapó la boca, todo era tan intenso tan horrible.

Me arrastró por el suelo, mi cuerpo pasaba por toda esa plasma que estaba en ese suelo, y los golpes de los restos de los huesos por donde me llevaba, me introdujo a esa celda oscura como su propia mirada.

Solo pasó un momento, y pude escuchar los gritos, en mi interior sabía qué ocurriría…

Gritos de dolor… de angustia, esas mujeres que nunca había conocido y nunca llegaría a conocer, pensé.

Algún día tendría que ser mi turno, morir a manos de ese ser al que no conocía y que me infundía un temor sobrenatural.

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Pawel

Tenía 7 años cuando conocí a Pawel. Se apareció de pronto, estaba sentado en el pasto mirando a la nada cuando caminó frente a mí. Se quedó parado sin hacer nada.

Era un día nublado, mi familia había ido al hospital, ya que mi hermana había padecido un accidente en las escaleras.

Rara vez aparecía. No había visto su cara, siempre llevaba una máscara. Tampoco lo escuché hablar, y cuando le pregunté su nombre, él dibujó con el dedo las letras de su nombre en el vidrio.

Pero nunca me agradó mucho su compañía, era tenebroso. Solo se paraba ahí y me observaba por mucho tiempo. Se iba cuando escuchaba a alguien de mi familia acercarse. Lo peor de todo es que siempre que aparecía ocurría alguna desgracia.

Mi madre quedó en silla de ruedas, mi hermana se fracturó un brazo y mi padre quedó en coma. Y no solo con mi familia, muchos de mis amigos habían tenido terribles accidentes.

La última vez que apareció en mi casa, me acerque a él. Estaba en mi habitación.

-No quiero que vuelvas, ya has hecho demasiado daño-le dije algo molesto, pero una vibración en mi voz dejó notar el miedo. Hubo un momento de silencio.

-Solo faltas tú.

Al decir esto, estiró sus brazos en dirección a mí y me empujó por la ventana. Al momento en que caía se quitó la máscara. Pude notar una cara destrozada, sangrante.

Golpeé el piso bruscamente, fracturé muchos de mis huesos y los vidrios saltaron sobre mí. Tuvieron que operarme. Esa noche, Pawel apareció nuevamente frente a mi cama.

-¿Q-qué quieres…?

Me senté rápidamente, muerto de miedo. Lentamente se fue acercando a mí, y cuando estuvo lo suficientemente cerca, levantó un espejo que sostenía en su mano y lo posicionó frente a mí.

En ese momento me di cuenta de que mi cara era una réplica exacta del rostro de Pawel.

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Llamo para informarle

—¿Aló?

—Hola. ¿Karen Maitland?

—…Ella habla.

—Discúlpeme por llamar tan tarde. Es solo que… ¿conozco a su hija?

—¿Anna se encuentra bien?

—Ah, um… No, eh… su otra… Voy a la universidad comunitaria con Sarah.

—Ah… Ok, cielos. ¿En dónde queda?

—Chicago.

—¿Chicago?

—Jaja, asumo por su reacción que Sarah siempre ha tenido esa faceta de lobo solitario.

—Jaja, eh, sí, se podría decir eso… Pero bueno, me alegra oír que tiene amigos allá. ¿Puedo preguntar de qué trata esta llamada?

—Pues, de hecho estoy llamando para preguntarle si ha mantenido contacto con Sarah recientemente.

—Eh, no… en realidad no. Ella básicamente rompió el contacto hace un tiempo. Siempre le he dicho que si quería… No he cambiado mi número telefónico solo por si acaso, pero um… creo que ella… probablemente ya cambió el suyo.

—Lo siento. Eso… suena como algo que ella haría. Bueno, eh, a ver. Me disculpo por ser quien le cuente esto, pero Sarah ha sido reportada como desaparecida.

—¿Qué? ¿A qué te refie…? ¿Desaparecida? ¿Por cuánto tiempo?

—Eh, casi tres días.

—¿Tres días? Ok, um… Ok pero… ¿O sea, que está sucediendo, alguien la está buscando?

—Pues, ese es el asunto. No… No creo que nadie realmente la esté buscando. Es decir, ya sabe que a ella le gusta ser reservada… así que realmente no tenía ningún amigo cercano, y siempre fue un tanto propensa a… las ausencias. Es como si nadie lo notara. Se lo dije a la policía, pero apenas lo han investigado.

—Pero eso es… ¡Siempre fue un poco asocial! Eso no significa que no tienen que tratar… Escucha, ¿puedes decirme el nombre de tu campus? Tomaré un avión hacia ahí esta noche, puedo llegar para mañana por la mañana.

—Claro, es el campus Westgate. Solo llamaba para informarle, pero, honestamente, es… eh, es muy agradable oír que alguien se tome esto en serio.

—Por supuesto… Muchísimas gracias por haberme dicho… En verdad, en verdad lo aprecio.

—No, honestamente soy yo quien debería darle las gracias. He, um… He hecho esto unas cuantas veces en el pasado, pero… no es divertido si a nadie le importa.

—¿Perdón? ¿A qué te refieres?… ¿Aló?…

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Los valientes

Aquí vienen de nuevo, los valientes. Otra noche de Halloween, y los niños han regresado para probar su audacia. Los tablones de la casa vieja rechinan debajo de sus zapatillas.

Solo queda media hora para la medianoche, así que tengo que trabajar rápido. Comienzo con su linterna, soplando gentilmente contra ella para que parpadee, pero esto solo inspira poco más que una risita nerviosa.

Quince minutos para la medianoche; es momento de subir el nivel. Floto hacia el techo y convierto mi cuerpo en carne. Cada uno de mis nervios me arde, pero no me han dejado elección. Provoco que gotas de sangre se derramen por mi nariz, pero los niños debajo no las notan. Golpeteo el techo, pero ni siquiera alzan la mirada.

—Pensé que este lugar estaba embrujado —dice el líder—. Qué chiste.

Cinco minutos para la medianoche. Me estoy quedando sin tiempo.

Con lo último de mi energía, grito tan fuerte que finalmente se enderezan para mirarme.

Me gusta creer que monto buenos espectáculos: balanceo un lazo invisible y ahora la sangre fluye libremente por mis fosas nasales. Un par de gotas caen sobre el larguirucho con corte de cabello militar. Los niños gritan y corren hacia la noche, justo a tiempo.

Debajo de mí, escucho a la Cosa retorcerse; su decepción es palpable. Dormirá, mientras tanto. Pero algún día voy a fallar. Los niños serán demasiado valientes y no los ahuyentaré a tiempo. Algún día, la van a despertar.

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El último pecado

—¿Papi? ¿Qué está sucediendo?

El miedo impregnaba cada una de sus palabras en tanto su mente de cinco años trataba de asimilar la carnicería y destrucción fuera de la ventana.

—No pasa nada, hija. Todo acabará pronto —le afirmó su padre en medio de lágrimas y sonrisas falsas.

—¿Dolerá? —preguntó ella, llorando.

—No, no lo sentirás. Asegúrate de buscar a mama ahí arriba, ¿está bien? —le pidió, reticente, mientras ajustaba la última bala de su pistola.

—Te amo, papi —dijo la niña cerrando los ojos.

—Yo también te amo.

Las monstruosidades atravesaron las barricadas improvisadas.

—Pero lo siento… —murmuró el padre antes de dispararse a sí mismo.

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La casa con puertas marcadas

Cuando mamá y papá compraron la casa, creyeron que los rasguños cafés en las puertas de las habitaciones fueron por algún perro. Aunque cuando hablaron con el agente de bienes raíces, les dijo que los dueños anteriores no habían tenido uno.

Mamá y papá reemplazaron las puertas. Pero se rindieron después de la tercera vez, pues los rasguños oscuros siempre regresaban a la mañana siguiente. Mis padres lo descartaron como algo relacionado con la calidad de la madera en el área. Papá dijo que compraría puertas nuevas fuera de la ciudad para fin de mes.

Pero yo no pude esperar tanto tiempo.

Una noche, decidí quedarme despierto y descubrir la verdad. Apagué todas las luces, me acosté en la cama mirando la puerta y cubrí mi rostro con una sábana, dejando una pequeña abertura.

Todo se mantuvo en silencio por la primera hora después de las doce. Pensé en ir al baño poco después de la una, pero si decidía ir y asustaba a la cosa, entonces habría desperdiciado horas de sueño. Luché contra mi vejiga y esperé.

A las dos, escuché el primer ruido. Sonaba como si algo estuviese siendo raspado. Como si alguien en la habitación de al lado desmontara la puerta con un destornillador. Aguanté la respiración y presté atención.

Duró unos veinte minutos y, para entonces, tenía la certeza de que algo estaba ahí. Mi corazón latía con fuerza. Tenía ganas de salir corriendo, pero no sería capaz de vivir conmigo mismo a menos que supiera la verdad.

El sonido se detuvo y fue retomado en intervalos.

Pensé en ir donde mamá y papá, pero, a juzgar por las demás noches, nadie saldría herido. Fuera lo que fuera lo que provocara esos rasguños, solo estaba interesado en las puertas. Y si esperaba lo suficiente, quizá podría atrapar al responsable.

Mi paciencia se diluía con cada minuto que pasaba. Mi vejiga pulsaba, amenazando con explotar. Apreté los dientes y junté las rodillas.

Justo después de las tres de la mañana, el sonido regresó, y más cerca. Podía ver una sombra moviéndose en la oscuridad del pasillo.

La cosa, fuera lo que fuera, se detuvo a solo unos pasos de distancia.

Raspó la puerta de mamá y papá. Luego pasó a la mía. Preparé mi mano en el interruptor de la luz.

La criatura se enfocó en mi puerta; cada rasguño era como tiza sobre madera. Sonaba hambrienta, como si devorase las ranuras.

Mi corazón golpeaba mi pecho, oídos y el reverso de mi cabeza. Me quería mover, pero el miedo me retenía en mi sitio. La cosa oscura se desplazó por la alfombra, exhalando entre el sonido chirriante de la madera siendo raspada.

Era ahora o nunca.

Salté de la cama, encendí la luz y cerré la puerta, y luego grité en tanto retrocedía hacia la cama.

Eran mamá y papá quienes raspaban la puerta de mi habitación; sus uñas descubiertas, ojos inexpresivos y enunciando palabras insonoras.

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Mi miedo al agua

Siempre he tenido un miedo exagerado a ser sumergido en agua completamente. No es que no sepa nadar o algo parecido; mi padre me hizo aprender. Le temo porque, desde que puedo recordar, siempre que estoy bajo el agua y subo hacia la superficie, veo a una mujer inclinándose hacia mí, con una sonrisa cálida, un cabello dorado brillante y ojos color azul oscuro. Incluso si estoy en una bañera. Se ha vuelto normal para mí, pero aún no he podido acostumbrarme.

Nunca lo hable con mi padre cuando era niño, pero sí le pregunté acerca de mi madre difunta. En cada ocasión, él se mostró muy reservado con el tema, y a veces se enojaba conmigo por insistirle demasiado. Fue solo hasta hace unas semanas que le describí esta aparición. Casi chocamos contra una cabina telefónica; obviamente sabía algo al respecto. Asimilando la familiaridad de su reacción, le pregunté, de nuevo, sobre mi madre. Aún no me dijo mucho, excepto que murió cuando yo era muy joven y que me amaba. También admitió que su cabello y ojos eran de los colores de la mujer, mismos que los míos.

Así que hice un poco de investigación por mi cuenta. Obtuve su nombre de mi partida de nacimiento y busqué cualquier referencia que pudiera, cualquier noticia sobre un niño ahogándose. En su mayoría, quería una fotografía, algo que pudiera comparar con mi ángel guardián.

Hoy, escondido en nuestra biblioteca local, lo encontré:

«WINCHESTER: Marie Withie, 28, perdió la vida ahogada ayer por la noche tras saltarse una cerca de alambre y escapar hacia un embalse cercano. El funeral ha sido planificado por la familia para el veinticinco del mes. Marie fue recluida desde hace seis meses después de ser declarada “inocente” de intento de asesinato, habiendo argumentado demencia. Su esposo, Daniel Withie, actuó con la rapidez suficiente cuando encontró a Marie tratando de ahogar a su hijo bebé en la bañera».

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